Sillón orejero



La ambientación y su proceso es un conjunto de elementos diversos que lleva un tiempo desarrollar. En esta entrada les muestro el sillón de este gran trabajo integral.

Fuimos armando el espacio y a la hora de hablar del sillón individual  Diana recordó que tenía uno guardado hacia una pila de años, me aclaró que no estaba en las mejores condiciones. 

Típico de los muebles heredados que no tienen su espacio y van mudándose de familiar en familiar y terminan a la sombra. Por suerte en este caso... se acordaron de el que es un clásico y justo por eso nunca pasa de moda.







¡ Acá lo tenemos ! 

Recuerden que es un señor sillón, no lo miren con esa cara !




El modelo existe desde el siglo XVII y este luce como si tuviera esa pila de años.

Se trata de un tipo de sillón compuesto por cuatro patas situadas y un pequeño pero acolchado asiento individual. Su respaldo es largo y posee una ligera inclinación, también en los brazos que se encuentran elevados a cada lado y dos “orejas” pequeñas o alas que se sitúan a ambos lados de la cabeza.
El origen del sillón orejero lo podemos encontrar en el frio de la vieja Inglaterra de finales del siglo XVII. En las casas aristocráticas, sus acomodados habitantes no tenían calefacción y el calor de las chimeneas, no presentes en todas las casas, en ocasiones ni les alcanzaba. Éstos empezaron a usar este tipo de sofás individuales donde las orejas del sillón les tapaban la cara y les servían para protegerles de las corrientes de aire.
Este tipo de sillón fue muy importante en las colonias inglesas en el Nuevo Mundo, sobre todo en la zona de Nueva Inglaterra en los EEUU. Eso sí, mucho menos cómodos que los actuales, los nuevos americanos empezaron a popularizar el sillón orejero que paso a ser un tipo de mueble bastante habitual entre la cada vez más pujante clase media. Ya a principios de 1800 se les añadió tanto cojines como tapicera a juego y desde ahí una sofisticación que llega hasta nuestros días.
Es primo cercano del sillón estilo Bergere de Luis XV de los años 1725 y 1760.









Agarrar la tijera por primera vez en un trabajo, siempre me hace un poquito de ruido. y más aún si tiene dibujos o patrones.







Cuando comienza la etapa de coser... y coser... y coser, recordar agarrar la cámara no existe.



Y como sino tuviera millas suficientes, lo volvimos a subir a un camión !!!


La última foto para recordar que tanto trabajo, valió la pena.

¿ No les parece ?



Que sigan bien, hasta la próxima !!!

Cori

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